Lu Caamaño es poeta, performer, traductora y artista visual. Su obra, que ahora se reúne en un libro que compila 16 años de poesía, es una invitación a habitar la pregunta, a reírse de la solemnidad y a encontrar en la escritura un lugar donde sostener la existencia. En una época saturada de ruido y respuestas apresuradas, su poesía nos recuerda que sostener una pregunta es un acto de rebeldía y, también, un alivio.
El arte de preguntar
“¿Acá es la fiesta?”, se pregunta en un verso que da título al libro. Para Caamaño, la poesía es un espacio para la indagación constante. “Me interesa que sea una pregunta y que además tenga un tono invitante, como alguien que ve luz, se asoma y pregunta”, cuenta. Ese gesto de asomarse, de preguntar, es el que define su escritura: una búsqueda que no se cierra, que deja espacio para quien lee o escucha.
La poeta reivindica la pregunta como motor de creación. En tiempos de certezas rápidas, preguntar es un acto de valentía que puede provocar el encanto de imaginar y sacar al cuerpo del adormecimiento habitual. Un poema puede ser una pregunta que acciona, que genera las condiciones para ese cosquilleo en el cuerpo: todavía hay una fiesta posible.
El humor como herramienta
El humor atraviesa toda su obra. “Hannah Gadsby me hizo pensar en cómo funciona el humor como mecanismo. Cuando entrás en terreno denso, se produce tensión y para aflojar eso hacés un chiste; en el movimiento que produce la risa se baja la guardia y entra entonces la densidad nuevamente. Se trata del ritmo en el que pueden ser dichas y sobre todo escuchadas las cosas. Por otro lado, el humor hace mierda todo lo relativo a la solemnidad y eso me parece necesario”, explica.
Caamaño usa el humor para pensar el mundo, para desarmar la solemnidad que a veces rodea a la poesía. “Se suele pensar a la poesía en mayúsculas como un enigma a descifrar que solo puede ser leída por unos pocos”, dice. Su apuesta es otra: una poesía que invite al placer, que se disfrute sin pretensiones.
Reunir la obra: un viaje en el tiempo
El libro compila 16 años de escritura. Releer esos poemas fue un proceso intenso. “Antes de volver a leer los poemas tuve que recuperarlos. Había perdido prácticamente todo lo que había escrito. Las amigas y las ex que son amigas los habían conservado, así que primero tocó ese trabajo. Una suele tener más claro lo que le está pasando dentro de la escritura. Volver sobre esos textos con tanta distancia temporal lo vuelve evidente. Me pasó de todo releyendo todo eso junto. En algunos poemas me reconocía, en otros no, algunos me sorprendieron gratamente y otros me dieron mucha vergüenza. De alguna manera una siempre está hablando de las mismas cosas”, confiesa.
La idea de reunir su obra surgió de Gaby Bejerman, quien la puso en contacto con la editorial Goma. Así comenzó un trabajo de recopilación que le permitió ver su evolución y reconocer constantes en su escritura.
La poesía como forma de estar en el mundo
Para Caamaño, la poesía es un lugar donde el mundo se dispone de otra forma. “En la poesía encuentro la posibilidad de hacer otra cosa con lo que pasa. Hace muchos años estábamos en una mala temporada con una ex y en medio de una conversación triste me dijo: ‘al menos vos podés escribir un poema con este desastre’. Me parece que hay algo de eso. Como si la poesía fuese un lugar donde el mundo se dispone de otra forma”, relata.
Su escritura explora el sonido, el ritmo, las hablas populares. Reconoce la influencia del cut up de William Burroughs en su forma de componer. “Hay algo de eso en la forma en la que escribo. De los ’90 para acá se volvió muy pregnante una forma de escritura en donde entra la experiencia sin más, una especie de showcito insoportable del yo. Obviamente la experiencia sensible es la materia a partir de la cual una trabaja en la poesía, pero algo más tiene que ponerse en juego para que esa escritura exceda los límites de: ‘mírenme, esto es lo que me pasó’. Y sí, uno de los ardides a partir de los cuales compongo poemas es la observación. Me interesan particularmente los tonos, las hablas, los lugares comunes, las muletillas, lo que suena en lo que se dice”, desarrolla.
La performance: el poema en vivo
La lectura en vivo es para Caamaño una disciplina aparte. “Así como en el teatro la dramaturgia y la puesta son cosas diferentes y así como en la música la composición y la ejecución son cosas distintas. La primera vez que leí en vivo tenía diecinueve años y atiné a servirme agua de una jarra que había sobre la mesa, me temblaban tanto las manos que resolví quedarme con sed. Empecé a ensayar grabándome y escuchándome, hasta perderle el miedo al sonido de mi voz. Después empezaron a aparecer elementos escénicos: un rollo de papel que contenía los poemas, una caja de herramientas. Y algunas cuestiones operativas, como qué hacer con las hojas que iba leyendo, me dieron ideas para la puesta: lo más cómodo era ir tirándolas. En la medida en la que empecé a disfrutar leer en vivo, algo de eso se puso en juego en el momento mismo de la escritura. De hecho, algunos poemas son impublicables porque se trata en realidad de una especie de partitura que, aislada de su ejecución, pierde sentido”, explica.
Para ella, la lectura en vivo debe justificar que las personas vayan a verla. “Llegué a la idea de que algo tiene que suceder en ese encuentro, algo que justifique que las personas vayan a verte”, afirma.
Influencias y referentes
Caamaño creció rodeada de libros: ciencia ficción, policial negro, el boom latinoamericano, algo de feminismo. Pero la poesía llegó con Pizarnik. “Mi primera fascinación poética fue Pizarnik. Cuando entré a letras cursé una materia con Ana Porrúa que ese año dio un taller de escritura en un espacio cultural que ya no existe. Ana me pasó libros de Mirta Rosenberg y Diana Bellessi. Por esos años también leí a Susana Thénon. Quizás sea un lugar común el lesbianismo ligado a la poesía, pero a comienzos de los 2000 encontrar dónde identificarme resultó un alivio”, recuerda.
En música, sus gustos fueron variados. “En los últimos años del polimodal empecé a escuchar punk y a frecuentar recitales de She Devils y Boom Boom Kid. Me resulta problemático pensar en faros. Estoy en contra de las vacas sagradas. Prefiero pensar en mostras estimulantes. Aquí van: María Moreno, Chantal Akerman, Eileen Myles y Svsto”, enumera.
La potencia política de la poesía
Citando el poema Fundación de Susana Thénon, que habla de “hacer otros sexos y otros sueños sin dolor y sin muerte”, Caamaño reflexiona sobre la necesidad de crear nuevos lenguajes para decir quiénes somos. “Ese poema de Thénon me viene bien en estos tiempos, lo releo seguido últimamente. A comienzos de los 2000 ser lesbiana implicaba, entre otras cosas, buscar dónde identificarse. Los resultados de esa búsqueda eran simulacros (desde el piquito entre Madonna y Britney hasta las Tatu, pasando por el porno mainstream) o narrativas dramáticas en donde el suicidio y la locura total eran los únicos destinos posibles. La escritura es un lugar donde sostengo la existencia”, afirma.
Para ella, la potencia política de un poema gana fuerza si se rodea la cosa, sin explicitar una consigna. “Nunca me interesó el arte que explicite una consigna política. Como con el humor, que afloja para que entre lo denso, la potencia política de un poema gana fuerza si se rodea la cosa. Me interesa la pregunta, un decir que deje espacio para quien lee-escucha y, en el más deseado de los casos, que algo se sacuda”, concluye.
La obra de Lu Caamaño es una invitación a habitar la pregunta, a reírse de la solemnidad y a encontrar en la escritura un refugio. Su poesía, reunida ahora en un libro, es una celebración de la existencia y una apuesta por un lenguaje que nos permita decir quiénes somos sin dolor y sin muerte.

