Cuando un megaproyecto llega a un territorio, todo cambia. No solo el paisaje: la vida social se transforma, y las mujeres son las más afectadas. La llegada de empresas extractivas, mineras, petroleras o hidroeléctricas trae consigo una profundización de la lógica patriarcal que estruja y usa los cuerpos de las mujeres. Hay despojos, pero también resistencias.
El patriarcado del salario
Las estrategias de las grandes empresas extractivas buscan dividir a las comunidades. Ofrecen dinero y trabajo a unos, mientras persiguen y acallan a otros. Esta máxima se repite en distintas geografías y funciona: siembran división y refuerzan los roles de género. La economía extractiva chupa bienes naturales y exporta más patriarcado.
Cuando empezaron las obras de la hidroeléctrica Hidroituango en Colombia, el municipio de Ituango se llenó de hombres. Miles de trabajadores llegaron de diferentes partes del país para levantar un impresionante dique. Muchas mujeres del pueblo tuvieron que marcharse; otras llegaron para ejercer la prostitución, no siempre de manera elegida, es decir, como víctimas de trata. “Aquí han llegado 9,000 hombres y son los dueños de la plata. Ya no podemos vivir aquí”, cuenta una de las mujeres desplazadas.
Violencia y control de los cuerpos
Ana Anaya vivía en Caucasia, aguas abajo del megaproyecto. Su labor de oposición le trajo señalamientos y persecuciones, pero decidió que no podía aguantar más cuando sus hijas fueron marcadas. En el refugio que el Movimiento Ríos Vivos tiene en la zona, Anaya aguanta el llanto mientras escucha las historias de sus compañeras. María del Carmen Moreno y Lucirian del Carmen Hernández no querían hablar, pero sí, quieren que se escuchen sus susurros desgarradores. Una perdió el contacto con su hija por las drogas; la otra, viuda, tuvo que dejar su casa cuando sus hijas estuvieron en peligro.
La historia se repite. Las grandes empresas que aterrizan en territorios rurales absorben y enjaulan a la naturaleza, mientras tratan de controlar los cuerpos de las mujeres. La apropiación es carne, es tierra.
El informe ‘El IBEX en guerra contra la vida’
Miriam García-Torres apunta que la penetración de las grandes corporaciones conlleva una reactualización del patriarcado: masculinización en la toma de decisiones, profundización de estereotipos sexistas, estructuras laborales patriarcales, responsabilidad feminizada de sostener la vida e intensificación del control social de los cuerpos de las mujeres. Todo ello son “condiciones necesarias” para que las transnacionales implementen sus megaproyectos.
En Hidroituango, los empleados son abrumadoramente hombres. Un puñado de mujeres ha encontrado labor en las obras, principalmente en limpieza. Pero han sido descalificadas, insultadas y señaladas. “La reconversión de las formas de vida locales hacia una economía asalariada altamente masculinizada se traduce en un ‘patriarcado del salario’ que apuntala la figura del hombre proveedor y la mujer dependiente”, recoge el informe de Ecologistas en Acción.
Resistencias desde el ecofeminismo
Lorena Cabnal es sanadora maya. Realiza encuentros de sanación con mujeres que en Guatemala están en primera línea por la defensa del territorio. “Acuerparnos también es enunciar las violencias machistas contra la tierra. Todas las formas de extractivismo contra la tierra son formas de machismo contra la tierra”, dice. Feminista comunitaria territorial, Cabnal defiende la emancipación de los cuerpos para beber agua limpia, respirar aire fresco y tener al bosque como horizonte.
Lolita Chávez, que tuvo que salir de Guatemala en 2017 para proteger su vida, cuenta que gran parte de los territorios están siendo defendidos por rostros de mujeres. Lucía Ixchiu también salió del país como exiliada en 2021. “La lucha por el agua y por la tierra es parte fundamental de la problemática. Guatemala sigue teniendo relaciones coloniales de latifundio”, dice.
María Caal Xol: lideresa en la resistencia
Bernardo Caal Xol es la cara más visible de la lucha contra las hidroeléctricas Renace y Oxec en Guatemala. Tras su encarcelamiento, su hermana María Caal Xol se convirtió en una lideresa que une y mantiene la lucha viva. “Las mujeres del área rural sí saben organizar sus agendas porque ellas se tienen que dedicar a sus hijos, a la familia, también dedican sus tiempos para ir a las manifestaciones. Las mujeres han sido la base fundamental en las resistencias”, dice.
Yayo Herrero escribe en ‘Ecofeminismos’: “Las mujeres viven de forma muy dura el extractivismo. Se ven obligadas a combinar la resistencia con los trabajos de producción y de cuidados en situaciones de violencia y conflicto; y sus cuerpos son utilizados como campo de batalla y de castigo”.
Territorios de sacrificio
Raquel Celis, de Zehar-Errefuxiatuekin, explica cómo la degradación ambiental provocada por grandes empresas obliga a desplazarse. “Se está expulsando a la gente por una degradación del territorio muy severa y por un aprovechamiento de la violencia”, resume. Dalila Argueta tuvo que dejar Honduras por defender su río y oponerse a una minera. “Ninguna empresa minera es desarrollo para el territorio del que se extrae, es desarrollo para el que saquea”, dijo.
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