Hay una imagen que se repite en miles de hogares de Estados Unidos: una mujer que limpia, cuida, cocina, organiza y sostiene una vida cotidiana que no siempre es la suya. Sin embargo, cuando el debate público habla de migración, esas mujeres casi nunca aparecen en la conversación. El discurso político suele imaginar al migrante como un hombre que cruza fronteras en busca de trabajo. Pero la migración también tiene rostro de mujer, y ese rostro sostiene una parte fundamental de la economía estadounidense.
El rostro femenino de la migración
Según datos de 2023 del United States Census Bureau, hay más de 23 millones de mujeres inmigrantes mayores de 16 años viviendo en Estados Unidos, y más de la mitad ya cuenta con ciudadanía estadounidense. Aún así, su presencia en la narrativa pública sigue siendo marginal. Paradójicamente, su contribución económica es enorme. De acuerdo con el National Women’s Law Center, el 7.9% de la fuerza laboral estadounidense está compuesto por mujeres nacidas en el extranjero. En ciertos sectores, su presencia es incluso dominante: representan 38.3% del trabajo de limpieza doméstica y 33.2% de los empleos en salones de uñas y cuidados personales. Es decir: cuidan, limpian y sostienen la vida cotidiana de millones de familias, pero rara vez aparecen como protagonistas del debate migratorio. Y cuando lo hacen, suele ser en contextos de vulnerabilidad.
Una historia de miedo y resiliencia
Una mujer latina de 38 años aceptó hablar con Glamour desde el anonimato y con la advertencia de que probablemente lloraría al contarnos su historia. “Este es un tema muy emocional para mí”, dijo. “Lo que está pasando está mal. No somos criminales. Los hispanos vienen aquí buscando una mejor vida. El color de nuestra piel no debería definir si merecemos vivir aquí”. Todo comenzó antes de que naciera. Sus padres migraron a Estados Unidos a principios de los años ochenta. Como muchos en aquella época, llegaron con la esperanza de construir una vida mejor, enfrentando procesos legales confusos y trabajos precarios. En 1986, cuando el presidente Ronald Reagan impulsó un programa de amnistía para ciertos migrantes, su madre intentó iniciar el proceso de ciudadanía. Pero la vida —y las responsabilidades que recaen sobre muchas mujeres migrantes— interrumpieron ese intento. “Tenía 21 años y tres hijos”, cuenta la entrevistada. Han pasado casi cuatro décadas. Su madre ha trabajado, ha tenido negocios, ha pagado impuestos y nunca ha tenido problemas con la ley. Y aun así hoy vive escondida por miedo a los operativos de U.S. Immigration and Customs Enforcement (ICE), la agencia encargada de hacer cumplir las leyes migratorias. “Ahora mismo estamos prácticamente escondiendo a mi mamá en Pensilvania porque tenemos demasiado miedo. Es desgarrador porque extraña su hogar y quiere volver. No quiero sonar como víctima porque sé que soy solo una entre millones que están pasando por esto, pero esta es nuestra realidad ahora mismo. Es triste y es doloroso”.
Riesgos adicionales para las mujeres migrantes
La experiencia migratoria nunca es simple, pero para las mujeres suele implicar riesgos adicionales. Datos de UN Women señalan que una de cada cinco mujeres refugiadas o desplazadas ha experimentado violencia física o sexual durante su migración o en el país de destino. Las razones son múltiples: barreras lingüísticas, dependencia económica, discriminación racial, desconocimiento de derechos legales y pérdida de redes de apoyo. Cuando una mujer migra, no solo cambia de país. Muchas veces pierde su sistema completo de protección social: familia, amistades, comunidad. Y esa vulnerabilidad puede ser explotada en distintos ámbitos, desde el laboral, hasta el doméstico. “En mi familia nunca hablamos de salud mental o depresión cuando crecí. En julio pasado, con todas las noticias terribles, experimenté depresión por primera vez. No podía decirle a mi mamá cómo me sentía porque no quería preocuparla más. Ha sido un peso muy grande porque quiero proteger a mi familia, pero al mismo tiempo estoy atravesando depresión. Volví a terapia y este año empecé a tomar antidepresivos. Ha sido muy duro para mí y para muchas personas que conozco”.
Redes de apoyo y resistencia
Frente al miedo, las comunidades migrantes han desarrollado nuevas formas de organización. En Long Island, donde vive la entrevistada, existe un grupo que monitorea la presencia de ICE. Cuando alguien detecta agentes en la zona, toma fotografías y las comparte en una aplicación que alerta a la comunidad. Estas redes funcionan como sistemas informales de alerta temprana, una forma de protección colectiva creada desde abajo. “Estoy tratando de educarme más sobre el gobierno y cómo hacer la diferencia: votar, llamar a los congresistas, ejercer nuestros derechos. Tenemos que seguir presentándonos, presionar a los políticos para que tomen decisiones correctas”, comentó. Y enfatizó que participa en protestas locales siempre que puede. “Nadie me va a hacer callar. Nunca voy a dejar de hablar por los inmigrantes y por nuestra cultura. No voy a dejar de hacer activismo ni de protestar. No sé qué más podemos hacer, pero espero que esto termine pronto porque no es justo”. Sin embargo, reconoció que no todos pueden participar: “Muchos hispanos no van porque tienen miedo de caminar por la calle”.
Dos madres, dos realidades
En un momento de la conversación, la entrevistada describe un contraste que resume la desigualdad migratoria con brutal claridad. “Mi suegra vive tranquila”, dice. “Mientras mi mamá está escondida en otro estado”. Dos madres. Dos mujeres. Dos experiencias radicalmente distintas dentro del mismo país. La diferencia no es el esfuerzo ni los valores. Es el estatus migratorio. No obstante, ella insiste en algo: no puede quedarse callada, no puede no dar la pelea. Y pide a sus paisanas no olvidar su origen. “Que no se rindan y que estén orgullosas de sus raíces. Nunca he ido a Guatemala porque quería hacerlo con mi mamá cuando pueda viajar, pero estoy orgullosa de mis raíces. No apaguen su luz porque alguien las haga sentir que no pertenecen aquí. Estoy orgullosa de ser latina. Somos buenas personas. No somos lo que dicen de nosotros. Sigan luchando”.
Invisibles pero esenciales
Este último mensaje resume algo que el debate migratorio a menudo olvida: las mujeres migrantes no son solo víctimas de un sistema desigual. Son las arquitectas silenciosas de comunidades enteras. Cuidan hogares, sostienen economías, mantienen vivas culturas y, aún así, siguen siendo invisibles en el discurso político. Quizá el primer paso para cambiar la conversación migratoria sea precisamente ese: escuchar a las mujeres que han estado sosteniendo la historia todo este tiempo.
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