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Un grupo de siete ciclistas españolas, provenientes de Canarias, Madrid y Andalucía, vivió una experiencia única al participar en la 17ª Carrera Internacional Ciclista Femenina del Sáhara. Este evento, que se celebra desde hace 18 años en El Aaiún, no solo es una competencia deportiva, sino también un puente de hermandad entre culturas y una ventana para visibilizar el deporte femenino en una región donde las mujeres aún enfrentan grandes retos.

La asociación Marcha Verde Ciclismo Laayoune fue la anfitriona, organizando una logística impecable: calles cerradas por la policía, vehículos oficiales escoltando al pelotón y autos de apoyo con agua y avituallamiento. El viaje, apoyado por instituciones locales, se convirtió en un intercambio cultural y deportivo inolvidable.

Tres etapas, tres desafíos

La carrera se dividió en tres etapas que pusieron a prueba la resistencia y el espíritu de las participantes. La primera, de 30 kilómetros con salida en El Aaiún, sirvió para tomar contacto con el terreno y reconocer las dunas. La segunda, entre Tah y Tarfaya, fue de 32 kilómetros y el fuerte viento en contra se convirtió en el enemigo principal. La tercera y más dura, de 112 kilómetros entre El Aaiún y Bucraa, exigió el máximo esfuerzo bajo temperaturas que alcanzaron los 45 grados.

La fatiga fue evidente, pero la asistencia constante de los autos de apoyo ayudó a mitigar las condiciones extremas. Cada kilómetro recorrido fue un triunfo personal y colectivo.

Contrastes y solidaridad

La competencia reveló las marcadas diferencias en los recursos disponibles. Mientras las españolas usaban bicicletas de gama media o alta, muchas ciclistas locales ni siquiera tenían una bici propia. La organización les prestaba el material, y algunas competían con maillots donados por participantes de ediciones anteriores, con culottes desgastados o incluso rotos.

Además, las barreras socioculturales son un obstáculo extra. Luis Hernández Chamorro, vicepresidente adjunto de la organización, explicó: “La familia no entiende que una chica se ponga en pantalones cortos a practicar ciclismo todos los días, aunque poco a poco está cambiando. Además, aquí nadie tiene para gastarse 200 o 500 euros en una bicicleta cuando una familia gana entre 300 y 500 euros al mes”.

Gara Ramos, presidenta de la asociación Canarias Pura Vida Pedal, destacó que más allá de la falta de recursos, “las mujeres necesitarían un programa de tutorización ciclista, alguien que les enseñe y las forme en este deporte”.

Una experiencia que trasciende el deporte

A pesar de las dificultades, el espíritu de equipo y la conexión entre las corredoras fue lo más valioso. Muchas no se conocían al inicio, pero el viento y las interminables rectas las unieron. La comunicación se dio con señas y sonrisas, como contó Noemí Moreno: “Cuando no nos hemos entendido en inglés o francés, lo hemos hecho con señas y hemos conseguido formar un buen grupo”.

Fatima Baredi, ciclista saharaui, expresó su alegría: “Me ha encantado esta nueva experiencia y me ha encantado rodar con chicas de otros países”. Las españolas, por su parte, resaltaron la calidez y hospitalidad de las mujeres locales, que las recibieron con los brazos abiertos y convirtieron la cita en una verdadera experiencia de integración.

Esta carrera demuestra que el deporte femenino puede romper barreras y construir puentes, incluso en los lugares más remotos. Si te gustan las historias de superación y deporte, no te pierdas nuestros otros artículos.

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Por Editor

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