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¿Alguna vez has intentado meditar y tu cabeza no para de hablar? A mí me pasa siempre. Sentarme quieta lo logro, pero desconectar el cerebro es otra historia. Meditar 15 minutos se convierte en un monólogo interno: “¿Apagué la estufa? ¿Por qué maúllan los gatos? ¿Ya terminó esto? ¡Ay, tengo que volver a la respiración!”. Justo lo contrario de lo que se supone que debería pasar.

Por eso me sorprendió tanto cuando probé la meditación subacuática en una alberca controlada y, por primera vez, conseguí desconectar de verdad. Teniendo en cuenta que la meditación se basa en la respiración, practicarla bajo el agua parecía una paradoja. ¿Cómo respiras si estás sumergida? La respuesta fue clara al empezar: una piscina de menos de 1.5 metros, una máscara, un chaleco lastrado y un tanque de oxígeno con regulador. No era la escapada mística en el Caribe mexicano que había imaginado, pero se parecía al esnórquel, la actividad subacuática más cercana que había probado.

Bajo la guía del doctor Arpit Bansal, un cirujano que desarrolló una práctica de meditación subacuática inspirada en el concepto de la “mente azul”, me sumergí con el regulador bien sujeto entre los dientes. Me hundí lentamente hasta el fondo. En segundos, los sonidos se amortiguaron y las distracciones desaparecieron. Sin teléfono, sin conversaciones, sin redes sociales. Solo mi respiración, el agua a mi alrededor y la voz de Arpit a través de unos auriculares de conducción ósea. Por primera vez, sin esfuerzo, fui hiperconsciente de mi respiración, flotando entre sentada y boca abajo en el fondo, sin ningún lugar a donde ir.

¿Qué hace diferente a la meditación bajo el agua?

Según el doctor Bansal, la forma en que el cuerpo responde al estar bajo el agua puede ser clave. “La mayoría de las prácticas de meditación piden a la mente que calme el cuerpo. Con la meditación subacuática, observo que el cuerpo suele calmarse primero y la mente le sigue”. En tierra, meditar se sentía como una orden para dejar de pensar. Bajo el agua, era el entorno el que hacía el trabajo por mí.

También hay un componente fisiológico. Cuando el rostro entra en contacto con el agua fría, se activa el reflejo de inmersión de los mamíferos, que puede ralentizar la frecuencia cardíaca. Combinado con una respiración lenta y controlada, esto contribuye a una sensación de calma física.

La ciencia detrás de la calma

El profesor Kanishka Sharma, neurocientífico cognitivo de la Universidad de Rishihood, clasifica la meditación subacuática como “meditación de atención focalizada”, es decir, la atención se centra en un objetivo específico: la respiración. “Básicamente, entrena al cerebro para mantener la concentración en un solo objetivo”. El cerebro aprende en qué centrarse y qué ignorar. Sharma explica que el tálamo procesa la información sensorial, mientras que la red frontoparietal dirige la atención como un foco. Con la práctica, estas redes filtran mejor las distracciones. Las ondas cerebrales alfa también se asocian con estados de atención y regulación emocional. Con el tiempo, la neuroplasticidad ayuda a que esta capacidad sea más eficaz.

La neuróloga Swetha Adatia añade que gran parte de nuestra inquietud mental viene del volumen de información que procesamos. “Bajo el agua, esa información desaparece casi de inmediato. El sonido se amortigua, la luz se vuelve suave y difusa, y el cuerpo queda sostenido por el agua, así que los músculos y el sistema de equilibrio trabajan menos. El cerebro tiene menos que predecir y responder; al entrar menos información, el ruido mental tiene menos combustible”. Mi mente no estaba vacía, simplemente estaba en calma.

Beneficios psicológicos de meditar bajo el agua

La doctora Adatia señala que la meditación se ha asociado con reducción del estrés y la ansiedad, mejor regulación emocional y mayor capacidad de atención. La respiración lenta favorece la relajación del cuerpo. La inmersión y la reducción sensorial pueden amplificar estos efectos.

Desde la psicología, Archana Singhal, consejera y terapeuta familiar, describe la experiencia como un “tiempo muerto” mental temporal. “El mundo que nos rodea impacta nuestra mente más de lo que pensamos. Incluso al meditar en tierra, los sonidos familiares, los pensamientos, los teléfonos, los ruidos del hogar, las conversaciones y las preocupaciones laborales nos rodean”. Solo cuando me indicaron salir a la superficie me di cuenta de lo inusual que había sido. Era la primera vez que no esperaba a que terminara la sesión. Durante esos 15 minutos, solo respiraba. Y eso fue suficiente para calmar mi mente agitada.

La conexión con la “mente azul”

Siempre me ha encantado el agua, así que quizá no era de extrañar que encontrara la calma bajo la superficie. Pero me preguntaba si había algo más. El doctor Bansal se refiere al concepto de “mente azul”, popularizado por el biólogo marino Wallace J. Nichols para describir el estado de calma que muchas personas experimentan cerca del agua, dentro, sobre o bajo ella.

Aunque a primera vista parezca buceo con tanque o buceo libre, la intención es distinta. “El mar abierto es otro entorno: corrientes, temperatura, profundidad y visibilidad suponen riesgos adicionales”, dice Bansal. “El buceo con tanque suele ser exploración: miras alrededor, te mueves y disfrutas. La meditación submarina es deliberadamente diferente. No hay nada que lograr ni ningún sitio a donde ir. Te acomodas, respiras y te permites estar en quietud”.

Con curiosidad por meditar en aguas abiertas, contacté a Alex Julie, profesor de meditación y director de UMI, una organización sin ánimo de lucro que realiza inmersiones meditativas. “Nuestros programas empiezan en la piscina, aprendiendo habilidades para dejarse llevar con seguridad y relajación bajo el agua”, explica. En mar abierto, la experiencia se vuelve más dinámica. “Volvemos al mismo lugar junto al arrecife, observando cómo la corriente se mueve entre los corales y la arena, sintonizando con el océano. Con el tiempo, esto crea espacio para ralentizar, escuchar y reflexionar”.

¿Es para todas? Precauciones y consejos

A pesar de su atractivo, la ciencia que sustenta la meditación subacuática aún está en desarrollo. “Lo que he observado es que las personas reconocen la calma con mayor facilidad. Tienen un punto de referencia: saben cómo se siente cuando su cuerpo no está en alerta constante”, afirma Bansal. Existen investigaciones sobre meditación, respiración controlada, inmersión y “espacios azules”, pero la meditación subacuática es un campo relativamente nuevo.

La doctora Adatia advierte que el agua no afecta a todas por igual. Para alguien ansioso o incómodo en el agua, la inmersión podría aumentar el estrés en lugar de calmarlo. Singhal subraya que no debe considerarse un sustituto del tratamiento de salud mental.

No diría que la meditación subacuática me convirtió en alguien capaz de sentarse 20 minutos sin pensar en la estufa. Pero sí me hizo reconsiderar mi fe vacilante en la meditación. Singhal cree que lo útil es aprender qué provocó esa tranquilidad. La idea es reconocer las condiciones que nos ayudaron a encontrar la quietud y recrear pequeños momentos en la vida cotidiana. No necesariamente bajo el agua, sino en un lugar más tranquilo, con menos distracciones y sin nada que reclame nuestra atención.

Mi sesión fue en un entorno controlado de piscina, bajo supervisión profesional y con protocolos de seguridad. No se debe intentar la meditación subacuática ni los ejercicios de retención de respiración por cuenta propia. La respiración rápida o excesiva seguida de retención puede ser peligrosa y provocar pérdida de conciencia bajo el agua.

Artículo originalmente publicado en Vogue India, vogue.in.

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Por Editor

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