¿Sabías que Chavela Vargas no estuvo una vez, sino al menos tres veces en Bilbao? Este mito, que ha circulado entre el movimiento feminista, es solo el inicio de una historia llena de recuerdos, emociones y un legado imborrable.
El origen del rumor
Todo comienza como un chascarrillo: “¿Sabes que Chavela Vargas estuvo una vez en Bilbao?”. Pero la memoria, frágil y selectiva, ha tejido una pequeña leyenda alrededor de la cantante. José Manuel Sánchez, acomodador del Teatro Arriaga, recuerda “remotamente” a Chavela, describiéndola como “entrañable y cariñosa”. Sin embargo, él también cae en el error de pensar que fue una sola vez.
Las visitas reales
La hemeroteca y los testimonios revelan que Chavela Vargas visitó Bilbao en al menos tres ocasiones: el 10 de diciembre de 1993, el 11 de diciembre de 1994 y, años antes, en 1968, cuando actuó junto a Joan Manuel Serrat. En esa última fecha, los detalles son escasos, pero las otras dos dejaron huella.
El concierto de 1993
En el Teatro Arriaga, recién recuperado de las inundaciones de 1983, Chavela se presentó ante un público entregado. Las trabajadoras del teatro recuerdan el entusiasmo: “Ella era habladora entre canciones, su labia y su lengua hacían las delicias de todas”, comentan. Javi Peñas, técnico de programación, compara esa pasión con la que despertaba Miguel Bosé.
El impacto feminista
Maite Irazabal, militante de la Asamblea de Mujeres de Bizkaia, estaba en primera fila. Recuerda haber comprado un ramo de flores para Chavela y cómo, al salir, le hicieron un pasillo. “Se emocionó y paró unos segundos”, dice. Llevaba un poncho rojo. Para muchas, Chavela fue un símbolo del lesbianismo y una figura que las acompañó en sus duelos amorosos.
El misterio de las flores
Las feministas recuerdan haberle entregado un ramo al salir por la puerta de atrás, mientras que en el teatro aseguran que la sacaron por una puerta lateral para evitar aglomeraciones. La memoria juega sus trucos, pero el cariño es genuino.
Un legado imborrable
Chavela Vargas nunca vio el Guggenheim, pero su legado en Bilbao trasciende los mitos. Como escribieron Tatiana Romero y Lucrecia Masson, “es la madre de las bolleras que sufren por amor”. Y aunque la memoria sea frágil, su música y su espíritu siguen vivos.
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