Imagina vivir la peor pesadilla y luego descubrir que fue grabada, compartida miles de veces en internet y que nadie puede ayudarte a detenerla. Esta es la realidad de Samantha y otras doce sobrevivientes cuyas experiencias exponen las graves fallas en nuestro sistema para proteger a las mujeres de la explotación sexual en línea.

La doble violación: del ataque físico a la viralización digital

Samantha era una estudiante universitaria cuando fue violada por un oficial de policía. El trauma del ataque se multiplicó exponencialmente cuando descubrió que había sido grabado y compartido en plataformas digitales. “Es una cosa que el ataque sucediera, pero luego, cuando fue compartido para ser revisto una y otra vez…”, relata con voz quebrada.

Lo que siguió fue un calvario burocrático y emocional. Cuando intentó denunciar, el perpetrador desestimó su experiencia llamándola “juego de roles”. Al acudir a la policía de otra ciudad para evitar el precinto de su agresor, le dijeron que no tenían jurisdicción. Cada puerta que tocaba se cerraba con más fuerza que la anterior.

El vacío legal y tecnológico

El caso de Samantha no es aislado. Forma parte de una investigación conjunta de Equality Now y la Asociación para la Prevención de la Violencia Sexual que documenta 13 historias similares. Estas revelan un patrón alarmante: las sobrevivientes de explotación sexual en línea (ESO) enfrentan barreras casi insuperables para obtener justicia.

Anastasia Law, de Equality Now, explica: “Cada participante entrevistado encontró obstáculos para obtener justicia: experiencias deficientes al denunciar, fallas de las fuerzas del orden, falta de opciones legales claras, respuestas insuficientes de las empresas tecnológicas y una ausencia general de legislación adecuada”.

Cuando las plataformas digitales se convierten en cómplices

Diez de las trece sobrevivientes experimentaron la distribución no consensuada de imágenes explícitas. Cuatro también reportaron ciberacoso, amenazas y violaciones de información privada. Lo más desgarrador: ninguna logró la remoción completa del material o que su agresor enfrentara consecuencias significativas.

“Cuando pregunté a varios oficiales qué se podía hacer para eliminar el video, no recibí recursos claros ni pasos a seguir”, cuenta Samantha. “Básicamente me dijeron: ‘¿Qué esperas que hagamos? Es internet, no tenemos control sobre eso’. Me dejaron sintiéndome aún más desesperanzada”.

El costo real de la explotación digital

Las consecuencias van mucho más allá del trauma emocional:

  • Tres de las diez sobrevivientes adultas perdieron sus empleos directamente
  • Cuatro vieron oportunidades de avance profesional truncadas
  • Muchas gastaron miles en abogados y servicios legales
  • Algunas tuvieron que reubicarse completamente
  • Varias fueron extorsionadas económicamente
  • Algunas pagaron a terceros para intentar remover el material

La cultura de la culpabilización

Samantha describe cómo las sobrevivientes son tratadas “como si de alguna manera fuera nuestra culpa, y somos nosotras las culpables porque participamos de alguna manera, independientemente de si consentimos o no”. Esta mentalidad permea no solo las respuestas individuales, sino las institucionales.

Katie Knick de la Asociación para la Prevención de la Violencia Sexual enfatiza: “La explotación sexual en línea es una forma de violencia sexual sistémica arraigada en la misoginia, el racismo y otras opresiones interseccionales. Si bien la tecnología da forma a cómo ocurre el daño, la prevención depende de desmantelar la cultura de la violación”.

El peligroso enfoque en la tecnología en lugar del consentimiento

Samantha advierte sobre un problema adicional: la actual obsesión con los deepfakes y la inteligencia artificial distrae del problema central del consentimiento. “Los legisladores necesitan cambiar hacia el consentimiento como enfoque, no hacia si son deepfakes o no”, argumenta.

Esta distracción tecnológica permite que continúen las fallas fundamentales en cómo abordamos la violencia sexual digital. Mientras nos preocupamos por si una imagen fue generada por IA, perdemos de vista si fue compartida con consentimiento.

El poder del espectador consciente

Para Samantha, la palanca más rápida para el cambio está en quienes observan desde afuera: “Si eres un espectador y recibes algo que es cuestionable en cuanto a si fue compartido con consentimiento… si facilitas eso, eres igual de culpable”.

Esta responsabilidad colectiva es crucial en un mundo donde el contenido se comparte con un clic. Cada vez que alguien reenvía, guarda o incluso visualiza material potencialmente no consensuado, contribuye al ciclo de daño.

Recomendaciones para un cambio real

El reporte presenta recomendaciones concretas:

  1. Fortalecer leyes estatales y federales con políticas claras sobre consentimiento
  2. Exigir responsabilidad completa a las empresas tecnológicas estadounidenses
  3. Implementar prácticas centradas en las sobrevivientes en todos los niveles
  4. Crear protocolos claros para la remoción de contenido no consensuado
  5. Educar sobre consentimiento digital desde edades tempranas

Un llamado a la acción colectiva

La historia de Samantha y las otras doce sobrevivientes no es solo un relato de trauma, sino un llamado urgente a la acción. En un mundo digital cada vez más sin fronteras, necesitamos leyes, políticas y prácticas culturales que protejan a las mujeres de la explotación sexual en línea.

“Los legisladores deben actuar para fortalecer las leyes estatales y federales, con políticas claras que gobiernen el consentimiento y la distribución en línea de material sexual”, afirma Law. “Las empresas tecnológicas con sede en Estados Unidos deben ser consideradas totalmente responsables por la publicación y difusión no consensuada de contenido sexualmente explícito en sus plataformas”.

Para las mujeres que enfrentan esta realidad, el mensaje es claro: no están solas, y su lucha está exponiendo las grietas en un sistema que debe cambiar. Como sociedad, tenemos la responsabilidad de escuchar, aprender y actuar.

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Por Editor

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