La vida se compone de momentos y, para Cristina Lozano, esos momentos son aún más especiales cuando se comparten con buena compañía. Esta apasionada anfitriona disfruta del aire libre y los espacios abiertos, pero su verdadera alegría radica en reunir a las personas que ama, convirtiendo su hogar en un espacio de encuentro donde varias generaciones se unen. A menudo, su casa se llena de amigos, familia e incluso de los hijos de sus amigos, creando un ambiente cálido y acogedor donde los recuerdos se forjan a través de risas y charlas interminables.
El amor por la hospitalidad y los encuentros sociales es el alma de sus tres hoteles, Cristine Bedfor, ubicados en Mahón, Sevilla y Málaga. Cada uno de estos espacios está diseñado para brindar una experiencia única, pero es su establecimiento malagueño el que realmente destaca por su encanto y historia. Situado en un magnífico edificio de 1871, encontró su hogar casi por casualidad. Aunque ya estaba en proceso de ser vendido, la suerte estuvo de su lado y el contrato fue anulado, permitiendo que Cristina lo adquiriera y diera vida a este encantador hotel. La edificación, obra del reconocido arquitecto Gerónimo Cuervo, se encuentra en una ubicación privilegiada, haciendo esquina con la vibrante calle Granada, a solo tres minutos de la emblemática catedral de Málaga, famosa por su torre inacabada, conocida como La Manquita.
Este hotel no es solo un refugio; es un homenaje a una narrativa maravillosa creada por Marta de la Rica, quien se encargó del diseño del lugar. La historia gira en torno a Cristine, la ficticia hija de Pablo Bedfor, embajador español, y su esposa inglesa, Victoria Missenden. Con cada rincón decorado con elegancia y estilo, la esencia de Cristine se captura en las 27 habitaciones, cada una de ellas honrando a los amigos de la protagonista, personajes de un cuento fascinante que se revela en los detalles de la decoración. Las telas artesanales provenientes de Mallorca y Marruecos se combinan con muebles de ratán, creando una atmósfera cálida y acogedora que invita a los visitantes a relajarse y disfrutar de su estancia.
Málaga, con su bullicio y su dinamismo, se ha transformado en una capital cultural y gastronómica que atrae a quienes buscan deleitarse con una experiencia culinaria excepcional. En cada esquina, las tascas tradicionales coexisten con restaurantes más sofisticados, ofreciendo una diversidad de opciones que cautivan a cualquier paladar. Cristina, como buena amante de la gastronomía local, no puede resistirse a pasear por el histórico centro de la ciudad, donde cada paso la lleva hacia lugares emblemáticos que han dejado huella en la cultura malagueña. Entre sus paradas obligadas se encuentra La Tranca, un lugar mítico que destaca por su exquisito vermú de barril y una selección de tapas que alegran el alma.
No muy lejos de allí, la Antigua Casa de Guardia, una bodega con más de 184 años de historia, la recibe con su famoso vino dulce Pajarete, permitiendo que los visitantes disfruten de un pedazo de la tradición vinícola de la región. En este entorno, los camareros aún utilizan la tiza para llevar la cuenta, un detalle que rinde homenaje a la historia y autenticidad del lugar. Aunque no hay cocina per se en este establecimiento, ofrece platos clásicos como langostinos y mejillones, que están listos para ser degustados al instante. Este espíritu de autenticidad se extiende al Mercado de Atarazanas, un vibrante mercado central que lleva 150 años sirviendo a la ciudad. La belleza de su puerta árabe original cautiva a quienes la visitan, y su interior bulle de vida, con puestos que ofrecen un festín de colores y sabores, todos recogidos de lo mejor del mar.
A lo largo del recorrido, Cristina hace una stop en el famoso Café de Chinitas, un histórico templo flamenco que sirvió de musa para artistas célebres como Federico García Lorca. Este emblemático local, inaugurado en 1857, ha sido restaurado y revive la magia de tiempos pasados. Sentada junto a la escultura de Lorca que preside la barra, Cristina rememora la importancia del lugar en la historia cultural de Málaga y lo que simboliza para la comunidad. A poca distancia, la freiduría Paco José se erige como un clásico más de la ciudad, ofreciendo la mejor fritura andaluza, en medio de un ambiente relajado y prescindible.
La tradición es el hilo conductor de la experiencia que Cristina busca ofrecer en Cristine Bedfor. En Ultramarinos Zoilo, otro establecimiento de referencia, se pueden encontrar los mejores productos gourmet de la región, siendo un punto de encuentro para locales y turistas por igual. Desde embutidos artesanales hasta aceites de oliva, cada aspecto resuena con esta búsqueda de calidad y autenticidad que caracteriza a los mejores lugares de la ciudad. Por su parte, su librería preferida, Mapas y Compañía, es un pequeño paraíso para los viajeros, repleta de recuerdos de Tintín y decorada con globos aerostáticos que flotan en su colorido techo, creando un espacio mágico y acogedor, un lugar que habla al corazón del viajero.
Y por último, no se puede olvidar La Cocina de Cristine, el acogedor restaurante del hotel, donde el chef malagueño Pablo Vega Ramos despliega su talento en cada plato. La propuesta aquí es atrevida, ofreciendo reinterpretaciones de clásicos malagueños, como su ensaladilla rusa con un toque especial y unas deliciosas gildas en versión esférica. Sin duda, la tarta de chocolate de Cristine con helado de almendra amarga se lleva todo el protagonismo, dejando a los comensales con un dulce recuerdo de su paso por este rincón mágico de Málaga. En la mente de Cristina, cada detalle cuenta. Ella busca una ubicación ideal, una estética encantadora y un servicio cercano, sin la presión de la perfección. El error es una parte de la experiencia, algo que se admite y se vive con naturalidad, exactamente como ella quiere que sea el ambiente en su hotel. Así, cada rincón de Cristine Bedfor cuenta una historia, cada plato una experiencia, y cada visita se convierte en un capítulo más en la vibrante narrativa de Málaga.

