Imagina llegar a un nuevo colegio, con la ilusión de hacer amigos, y que lo primero que recibas sean miradas de desprecio, burlas por tu forma de hablar o gestos racistas que te recuerdan constantemente que eres “diferente”. Esta es la realidad que enfrentan muchas niñas y adolescentes chinas en las aulas españolas, un problema que va más allá de simples conflictos entre compañeros y que deja cicatrices emocionales que perduran toda la vida.
Historias que duelen: voces desde la experiencia
“Para mí fue horrible cuando tuve que cambiar de colegio. De repente, me llamaban ‘chinita’ y se burlaban de mi forma de hablar”, comparte una de las mujeres entrevistadas. Otra recuerda: “En el instituto, algunos compañeros se tocaban los ojos estirándolos hacia los lados cuando me veían pasar. Lo hacían como si fuera una broma, pero para mí era un recordatorio constante de que nunca me veían como una más”.
Estas experiencias no son casos aislados. Varias mujeres chinas que fueron escolarizadas en Cataluña comparten vivencias similares de discriminación por su aspecto físico, su manera de hablar, sus costumbres o simplemente por existir. El problema es tan profundo que algunas incluso recibieron peticiones de tener “un nombre más fácil” porque sus nombres chinos resultaban complicados para sus compañeros.
La doble marginación: escuela y hogar
La situación se complica cuando analizamos el contexto familiar de estas niñas. Muchas son lo que se conoce como “criaturas transnacionales dejadas atrás” – pasaron su primera infancia en China al cuidado de sus abuelos mientras sus padres emigraban a España en busca de mejores oportunidades.
Cuando finalmente se reúnen con sus familias en España, enfrentan múltiples barreras:
- Sus padres suelen tener trabajos físicos de larga duración e intensidad
- Existen importantes barreras lingüísticas que limitan la comunicación
- Muchos padres tienen dificultades para comprender los conflictos escolares de sus hijos
- La falta de resonancia emocional en el hogar aumenta el aislamiento
Esta configura una doble marginación: exclusión en la escuela e incomprensión en casa, creando un círculo vicioso de vulnerabilidad.
¿Por qué el sistema educativo no logra proteger?
Judith Butler, filósofa y teórica feminista, explica cómo en nuestras sociedades existe un “sujeto privilegiado de la modernidad” que representa la vida que merece ser protegida y llorada, mientras que “la otredad” queda fuera de la categoría considerada como humana. Aunque esta descripción pueda parecer fuerte, refleja una realidad que debemos enfrentar.
En las aulas sobrecargadas, con ratios elevadas y múltiples complejidades, el profesorado a menudo se enfoca en apagar “fuegos” visibles: peleas físicas, gritos, insultos o actitudes desafiantes. Pero ¿qué pasa con las actitudes que no llaman la atención? ¿Con las miradas de desprecio, los comentarios sutiles o la exclusión social?
Replanteando lo que es “buen comportamiento”
Es urgente que ampliemos nuestra mirada sobre lo que consideramos “buen comportamiento” en las aulas. Frente a experiencias difíciles y amenazantes, las personas buscamos corregulación con nuestro entorno. Cuando esto no es posible, intentamos luchar o huir. Y cuando estas estrategias fallan, entramos en estados de congelación o complacencia.
Muchas de las niñas que sufren acoso racista adoptan precisamente estas últimas estrategias: pasan desapercibidas, se paralizan o intentan complacer a sus agresores. Conductas que, lejos de ser señaladas como respuestas al trauma, suelen interpretarse como “timidez” o “buen comportamiento”.
El bullying basado en prejuicios: un problema sistémico
Investigadoras como J. S. Hong y A. D. Benner han desarrollado el Bias-Based Bullying Model, que nos permite comprender el acoso no como un simple conflicto interpersonal, sino como un fenómeno anclado en prejuicios sociales amplios – raciales, culturales, lingüísticos o de género – que circulan en nuestro entorno y se aprenden desde edades muy tempranas.
Según este modelo:
- Las dinámicas de bullying emergen de un sistema de creencias jerárquicas
- Clasifican ciertos cuerpos y prácticas como “normales” y otros como “inferiores”
- Cuando el acoso se dirige hacia criaturas racializadas, es la puesta en escena de un orden social que legitima quién merece pertenencia
Por eso, el bullying racista es fruto de una dinámica sistémica que no se resuelve con acciones aisladas, sino transformando el contexto completo.
Estrategias para transformar las aulas
¿Qué podemos hacer para crear espacios educativos realmente inclusivos?
Formación especializada para el profesorado: Es fundamental que los docentes reciban formación en acoso basado en prejuicios. La falta de conocimiento sobre sus características conduce frecuentemente a interpretaciones erróneas o a la invisibilización del problema.
Abordaje politizado del problema: No debemos tratar el acoso desde una perspectiva despolitizada. Es necesario explicar su raíz prejuiciosa, señalar su origen estructural y ayudar tanto a las personas agresoras como al contexto observador a comprender el daño producido por los estereotipos racializados.
Diversidad en el personal escolar: Aumentar la presencia de docentes de orígenes minoritarios mejora la identificación del acoso racializado, ofrece modelos de referencia al alumnado y garantiza respuestas culturalmente sensibles.
Recursos y referentes que inspiran cambio
Afortunadamente, existen cada vez más recursos y referentes que trabajan para combatir estas desigualdades:
- Guía de Fahafahana: Ofrece una propuesta metodológica y actividades para trabajar el antirracismo en las aulas
- Cultura K-pop: Genera espacios y permiso para una mayor diversidad de expresiones de género
- @No_me_llames_chinita: Perfil de Leyao Rovira, activista antirracista centrada en racismo antiasiático
- Catarsia: Colectivo artístico-político de asiaticodescendentes
- Gazpacho Agridulce: Quan Zhou utiliza el humor y las ilustraciones para hablar de antirracismo
La instalación artística de Qiu Qianchi, presentada el 8M de 2025, nos ofrece una poderosa metáfora: invitó a personas a escribir nombres de mujeres chinas que conocieran y con esos nombres construyó cinco rostros de mujeres chinas de distintas edades. Un recordatorio de que detrás de cada estereotipo hay rostros, nombres e historias individuales que merecen ser reconocidas en su singularidad.
Un llamado a la acción
La infancia y la adolescencia son momentos vitales en los que se construye el lugar que ocupamos en el mundo. Cómo sentimos los espacios y construimos relaciones (in)seguras marcará nuestra manera de estar y experimentar el mundo durante toda la vida.
Transformar las aulas en espacios verdaderamente inclusivos requiere:
- Compromiso constante, no solo cuando ocurre algo “alarmante”
- Trabajo preventivo desde edades tempranas
- Comprensión de que el bullying racista no son “casos aislados”
- Reconocimiento de que forma parte de una cultura de base que reproduce desigualdades estructurales
Como sociedad, tenemos la responsabilidad de crear escuelas donde todas las niñas y niños, independientemente de su origen, se sientan seguros, valorados y con pleno derecho a pertenecer. Donde decir un nombre chino sea tan natural como decir Schwarzenegger. Donde la diferencia no sea motivo de burla, sino de enriquecimiento mutuo.
El camino es largo, pero cada aula transformada, cada docente formado, cada recurso compartido nos acerca a un futuro donde ninguna niña tenga que sentir que su existencia es motivo de discriminación.
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