La noticia llegó como un susurro cargado de esperanza y temor simultáneos: después de quince largos años de inactividad, la central nuclear más grande del mundo, Kashiwazaki-Kariwa, intentaba volver a la vida. Ubicada en la prefectura de Niigata, esta planta de siete reactores y más de 8.000 MW de capacidad representaba no solo un hito energético, sino un símbolo del futuro que Japón pretende construir. Sin embargo, lo que debía ser un renacimiento estratégico se convirtió en un recordatorio crudo de la fragilidad técnica que aún persigue al sector nuclear nipón.

El proceso comenzó con una tensión palpable en las salas de control de TEPCO (Tokyo Electric Power Company). A las 7:02 p.m. del miércoles, después de múltiples retrasos y ajustes de última hora, el reactor número 6 inició formalmente su reactivación. Menos de dos horas después, alcanzó el “estado crítico”—ese momento mágico donde la fisión nuclear se sostiene por sí misma. En las pantallas, las líneas de datos bailaban con normalidad, y por un instante, parecía que Japón había dado un paso firme hacia su ambiciosa meta: que la energía nuclear represente el 20% de su mix energético para 2040.

Pero la celebración fue efímera. Apenas 16 horas después del inicio, una alarma estridente interrumpió el silencio concentrado de los técnicos. El fallo se localizó en el panel de control del motor que acciona una de las barras de control del reactor—esos dispositivos cruciales que regulan o detienen la reacción nuclear. TEPCO intentó soluciones rápidas: sustitución de componentes eléctricos, ajustes en los inversores, revisiones exhaustivas. Nada funcionó. Ante la incertidumbre creciente, la empresa anunció una “parada temporal planificada”, reiniciando un proceso de apagado que concluyó la mañana del viernes. Takeyuki Inagaki, director de la planta, admitió con franqueza sombría: “No asumimos que la investigación se resuelva en uno o dos días; en este momento no podemos decir cuántos días tomará”.

La sombra alargada de Fukushima

Este incidente, aunque técnicamente controlado y sin fugas radiactivas al exterior, ha servido para hurgar en una herida que nunca llegó a cerrar del todo. La memoria colectiva de Fukushima 2011 sigue viva, especialmente en comunidades como Niigata, donde los residentes cargan con el peso del riesgo mientras Tokio disfruta de la electricidad generada. Yumiko Abe, una manifestante de 73 años, lo expresó con crudeza: “La electricidad es para Tokio, pero el riesgo lo corremos nosotros en Kashiwazaki. No tiene sentido”.

Las cifras respaldan este malestar generalizado. Según encuestas recientes, alrededor del 60% de los residentes de Niigata se oponen al reinicio de la planta, mientras que el 70% duda de la capacidad de TEPCO para gestionar una emergencia basándose en su historial. Esta desconfianza no es infundada: hace apenas cinco años, un escándalo de seguridad reveló que un empleado había burlado los controles de acceso usando una identificación ajena, exponiendo vulnerabilidades alarmantes en los sistemas de vigilancia.

Una crisis de credibilidad sistémica

El problema trasciende a TEPCO y se extiende a todo el sector nuclear japonés. Este mismo mes, la empresa Chubu Electric admitió haber manipulado datos sísmicos para minimizar el impacto de posibles terremotos en su planta de Hamaoka. La Autoridad de Regulación Nuclear (NRA) calificó el acto de “escandaloso” y suspendió su revisión de seguridad tras una década de trámites. Estos incidentes pintan un panorama preocupante: un sector que lucha por recuperar la confianza pública mientras navega por estándares de seguridad que se han disparado en complejidad y costo.

Para TEPCO, Kashiwazaki-Kariwa representa mucho más que una fuente de energía. Según estimaciones de Japan Forward, la empresa necesita que estos reactores generen unos 100.000 millones de yenes anuales para inyectar oxígeno financiero a sus arcas—fondos cruciales para pagar la factura interminable del desmantelamiento de Fukushima Daiichi. Mientras realiza cortes de costes de 3,1 billones de yenes para financiar esta titánica tarea, la reactivación de Kashiwazaki-Kariwa se convierte en una tabla de salvación económica.

El dilema energético de Japón

Japón se encuentra en una encrucijada particularmente compleja. Por un lado, la urgencia de descarbonizarse y alimentar su creciente industria tecnológica—especialmente los nuevos centros de datos de IA y fábricas de semiconductores—empuja hacia una mayor dependencia de la energía nuclear. Por otro, la memoria viva de Fukushima y la creciente desconfianza pública crean barreras psicológicas y políticas difíciles de superar.

Expertos como la Dra. Florentine Koppenborg sugieren que este “renacimiento nuclear” podría ser solo “una gota en el océano”, considerando los costes de seguridad disparados y la confianza pública bajo mínimos. Además, sismólogos prominentes advierten que la planta de Kashiwazaki-Kariwa se asienta cerca de una zona de altísimo riesgo sísmico, donde un gran terremoto podría causar daños billonarios.

El camino hacia adelante

Mientras TEPCO investiga las causas del fallo técnico y la NRA promete inspecciones in situ estrictas, el futuro de Kashiwazaki-Kariwa—y por extensión, del programa nuclear japonés—vuelve a estar en el aire. Lo que parecía un paso decisivo hacia la independencia energética y la reducción de combustibles fósiles importados (encarecidos por la caída del yen y la geopolítica actual) se ha convertido en un recordatorio doloroso de que, en la energía nuclear, la distancia entre el éxito estratégico y el fracaso técnico se mide a veces en el sonido de una sola alarma.

La lección de Kashiwazaki-Kariwa trasciende lo técnico: habla de la dificultad de reconciliar progreso tecnológico con memoria histórica, de equilibrar necesidades económicas con seguridad comunitaria, y de construir confianza en un sector cuya credibilidad ha sido profundamente erosionada. Japón, bajo el mando de la primera ministra Sanae Takaichi, enfrenta ahora el desafío de navegar estas aguas turbulentas mientras decide qué papel jugará la energía nuclear en su futuro energético—un futuro que, como ha demostrado este reinicio fugaz, está lejos de estar definido.

Por Editor

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